Voto de castidad. El espacio del amor

por Amor Seguro, A.C. el Febrero 25th, 2016

Los religiosos, por la profesión del consejo evangélico de castidad perfecta por el Reino de los cielos:

- se consagran total, definitiva y exclusivamente al único y supremo amor de Cristo;

- abrazan voluntariamente la obligación de observar perfecta continencia en el celibato y quedan firmemente comprometidos al ejercicio interior y exterior de la virtud de la castidad;

- manifiestan el amor esponsal de Cristo a su Iglesia y adquieren, en la paternidad espiritual, la plena disponibilidad afectiva y real al servicio del Reino, invitando a los hombres a la contemplación y esperanza de los bienes futuros.

El hombre está hecho para la mujer y la mujer para el hombre y “no está bien que el hombre esté solo…” (Gn 2,18). El hombre consagrado no queda exento de esta ley. Al profesar el voto de castidad él renuncia a la intimidad con una mujer y a la posibilidad de formar una familia con ella. En el lugar donde ella debería de estar -y donde a causa del voto no está- se abre un vacío. Se abre el Espacio del Amor.

El voto de castidad es una alianza entre Dios y el hombre o la mujer consagrada, que gira toda en torno al Espacio del Amor (cf. Dt 30,19-20). Cada uno se compromete a cumplir una parte del pacto. Dios, en primer lugar, se compromete a llenar ese espacio con toda plenitud. El consagrado, siguiendo la iniciativa de Dios, se compromete a atreverse a dejar vacío ese espacio para que Dios, y solo él, lo pueda llenar. A esta luz las palabras de Dios a Moisés cobran un significado particular: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro” (Ex 19, 5).

El orden de estos compromisos es importante. La castidad plena sólo puede provenir de una moción de parte de Dios hacia el alma que le responde con un esfuerzo por abrirse completamente a él. Por esta razón, la primera dimensión del voto de castidad es la consagración total, definitiva y exclusiva al amor de Dios. Esto corresponde al momento en el que el consagrado constata que Dios se le acerca de modo particular con la propuesta y el compromiso de llenar el Espacio del Amor en su alma. Este movimiento originario está reflejado explícitamente “Respondiendo al llamado de Dios, las consagradas asumen de manera libre y por amor los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia”. Se desencadena entonces la respuesta del alma que se articula concretamente en una renuncia de todo aquello que pretenda llenar ese espacio en lugar de Dios. Se trata de abrir ese espacio y dejarlo abierto y defenderlo con constante vigilancia para que nada ni nadie se filtre dentro. Este momento corresponde al compromiso de “observar la perfecta continencia en el celibato” y de vivir “interior y exteriormente la virtud de la castidad”. Como se puede ver, todo este dinamismo está transido en cada parte –origen, desarrollo y resultado– por el clima del amor. Por ello, lo que en el lenguaje jurídico del texto constitucional se denomina “obligación” en realidad se trata de la fuerza irreprimible del amor, la misma fuerza que permite a Cristo asegurar sin sombra de duda que “si supieras el don de Dios y quién te lo pide, tú vendrías…” (Jn 4,10). Primero es el amor de Dios; luego es la renuncia. Si se da auténticamente el uno, lo otro se dará con certeza.

Una vez que se establece esta alianza y Dios comienza a llenar el Espacio del Amor, se producen dos efectos. Uno es la realización plena del consagrado, a quien Dios no deja que se convierta en un hombre apocado, parcial o infeliz. Es la experiencia del profeta Jeremías que, quizá con algo de aprensión le pregunta a Dios: “¿Serás tú para mí como un espejismo, aguas no verdaderas? Entonces Yahvé dijo así: Si te vuelves porque yo te haga volver, estarás en mi presencia.” (Jer 15,18-19). El segundo efecto es el testimonio o la fuerza apostólica que convierte al consagrado en manantial donde los hombres pueden replicar la experiencia que él mismo ha hecho. “El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua” (Jn 4,14). Como se puede ver en el texto de Juan, ambos efectos son en realidad como uno solo.

Profesar la castidad y vivirla en plenitud no es otra cosa que reservar sin medianías el Espacio del Amor para Cristo, que le prometió descanso al alma porque “mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,30).

Alejandro Páez, LC – http://moodle.fa3gf.org/file.php/1/SemEsp/Febrero2016/HermanosDG_.pdf

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