¿El cristiano puede lamentarse? Sí, por favor.

por Amor Seguro, A.C. el abril 6th, 2018

¡Felices Pascuas de Resurrección! En este hermosísimo domingo que nunca acaba nos hemos reunido a celebrar el misterio culmen de nuestra fe: El Esposo ha despertado y ha llenado de hijos a la Iglesia. El beso esponsalicio que comenzó en la Anunciación ha llegado a la consumación del matrimonio entre Jesús y su hermosa esposa, la Iglesia. ¡Qué gran misterio de alegría, de gozo y sobretodo de esperanza! Él ha hecho nuevas todas las cosas en su persona.

Sin embargo, aún en este domingo hermoso que nunca acaba y que se prolonga por cincuenta días tenemos la realidad de que muchos hermanos y hermanas nuestros siguen sufriendo el yugo del pecado, de la indiferencia y hasta de las asechanzas del enemigo. Aún en estos hermosos días llenos de luz, existe el otro lado de la moneda donde todavía hay lágrimas y llantos por parte de quienes sufren las consecuencias más terribles del pecado y de la muerte. Es deber nuestro consolarles y acompañarles en su llanto. La alegría que llora es esto: anunciar el gozo de la Resurrección abrazando a nuestro hermano que sufre.

Sin embargo, dentro del mundo occidental hay una especie de plaga que se apodera de la humanidad y que le gusta fingir que si bien tenemos un corazón roto, los demás no deben saberlo y que debemos ponerle buena cara a todo aún y cuando estemos destrozados por dentro. Este es un verdadero cáncer para toda la humanidad y me atrevo a decirlo, es el veneno más poderoso dentro de los cristianos que quieren llevar una vida activa y congruente con su fe. No mal interpreten, a nadie le gustan las quejas. Yo lo entiendo porque me dedico a mi consultorio y son las quejas de mis pacientes sobre sus vidas o las vidas de otros las que me traen el pan a la mesa y que además, me dan una razón de existir al poder consolarles, aconsejarles y sobretodo, escucharles tiernamente.

En el mundo oriental y de un modo sublime, en la tradición judía hay toda una forma de lamentarse que conforma el lenguaje de la humanidad. El poder llorar es una de las manifestaciones más hermosas de nuestra condición como seres humanos. Bien se dice en Oriente: “ve y descarga todas tus ansiedades en Dios y, encuentra consuelo en tus hermanos”. Esta frase incomoda a muchos cristianos que se dicen y se hacen llamar “activos” o practicantes. Podríamos presumir que todos coinciden en descargar tus ansiedades con Dios. Yo lo hago y encuentro una profunda paz al desahogar todo mi ser ante Él: mi Rey y mi mejor amigo. Puedo decir que es el Terapeuta Supremo que escucha en silencio y valida emocionalmente todo lo que me aflige. Pero, ¿buscar consuelo en mis hermanos? Al decir esto, estoy afirmando que quejarse es algo posible y diría yo, hasta recomendado. ¡Y no, no hay tiempo para quejarse! ¡Dios quiere que seas feliz y que veas lo bueno que Él te ha dado y lo mucho que te ama! ¡Y quiere que coseches amor del Amor que Él te ha dado!

Si alguna de estas tres afirmaciones te suenan reales y verdaderas; estás en un grave error. Claro que hay tiempo para quejarse y lamentarse. El Libro de la Sabiduría dice en varias ocasiones que quejarse es parte de la vida y llorar ante Dios y ante los hombres es parte de la vida humana. Cristo mismo lloró desde el momento que vino al mundo y en varias ocasiones. La segunda lectura del Viernes Santo habla muy claramente de que como Sumo Sacerdote se compadeció de nuestros sufrimientos porque Él igual los tuvo.

Claro que Dios quiere que seas feliz y que ames a otros; pero en ningún momento Dios va a ofenderse de que te quejes de algo y más si el cristiano sostiene que todo lo que sucede es gracias a su Creador que quiere que todo lo que pase sea por el bien de quienes aman. Dios no es un hombre ni tampoco un enemigo. Enojarse con él que para estas ideas de hoy es un acto de arrogancia, de orgullo y de una pobre espiritualidad no es más que un acto propio de una criatura que no entiende el pensamiento Divino y quiere una explicación más del corazón que de una palabrería y mojigatez que sostiene que todo debe ser positivo, actitudes “positivas”, cero quejas y doble esfuerzo, etc.

Un buen cristiano debe entender la grandeza de la Resurrección: el final de todos los dolores. Cristo, al ser la cabeza, fue el primero en resucitar. Nosotros, le seguiremos algún día. Antes de partir, Jesús tuvo el detalle más hermoso de amor para todos los que lloramos: darnos a su Madre. Ella es nuestro consuelo y un depósito seguro de amor donde sin importar que tan rotos o destruidos estemos… ella es la antesala de la Misericordia Divina y la corredentora del genero humano. Imagínense que los peregrinos de la Basílica vayan y lloren frente a ella y que Santa María de Guadalupe les desprecie porque “está harta de escuchar sus quejas y lamentos”. Todo lo contrario, María escucha y valida esas quejas. O el mismo Jesús, que en los Evangelios hubiera dicho que “sólo vean lo positivo” o que “no más quejas”. ¡Cuántos milagros no realizó Él al ver los lamentos y el sufrimiento de los hombres! Los cristianos no tenemos permitido decir: “Tu cruz no es tan pesada para que no la puedes cargar”, “Dios da sus más intensas batallas a sus mejores soldados”, “Todo saldrá bien” sino están acompañados de “estoy contigo”, “sufro contigo”, “déjame ayudarte a cargar tu cruz”, “eres importante para mi y te quiero”.

La Resurrección de Cristo no desaparece ni el dolor ni el sufrimiento del mundo. Porque sin cruz no hay gloria. Lo que sí hace, es darle un nuevo sentido y la posibilidad de unirse a Cristo íntimamente en el sufrimiento personal y en la compasión y en la ternura. Y esta última cualidad es el resultado de un verdadero acompañamiento cristiano del sufrimiento; es consecuencia última de la humildad porque así podemos reconocer que estamos rotos y necesitados de Dios y de los demás, y así se puede encontrar eso en los otros y ser un alivio y bálsamo para ellos. No olvidemos nunca que la Resurrección nos ordena morir al pecado y resucitar a la vida nueva y eso significa ayudar a otros a hacerse nuevos ante el sufrimiento llenándonos mutuamente de esperanza y auténtico ágape a semejanza del amor de Cristo por su esposa. No tengamos miedo de quejarnos o lamentarnos con Dios y expresar nuestro pesar a nuestros hermanos. Ese es el mecanismo para alcanzar gracia, consuelo, compasión, empatía y de un modo extraordinario, la salvación para los otros y también, la nuestra.

Maestro Miguel Angel Erguera Aguirre

 

De → Sabiduría

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